“En primera persona”: Memoria activa para alcanzar la Verdad y la Justicia

El golpe de estado del 24 de marzo de 1976 dio inicio a la dictadura cívico-militar más sangrienta y extensa que haya vivido nuestro país. El terrorismo de estado atravesó toda la sociedad y dejó marcas profundas que es preciso seguir develando para no olvidar, para no repetir la historia. El pasado 28 de marzo la comunidad educativa tuvo la oportunidad de dimensionar aquellos hechos y comprender un poco más sus repercusiones en el presente: Adriana Vilapriñó y Norma Arenas, profesoras de la Facultad de Educación, compartieron sus vivencias.

13 de abril de 2018, 21:02.

"En primera persona": Memoria activa para alcanzar la Verdad y la Justicia

Ampliar imagen


¿Para qué sobrevivir? ¿Con qué propósito sobreponerse al horror? Adriana y Norma se hicieron la misma pregunta en diversos momentos de la charla que brindaron el miércoles 28 en una sala de la sede Campus de la Facultad de Educación de la UNCUYO. Ambas se respondieron lo mismo: “para contarlo”, “para no callar”.

Lo que pasó ese miércoles fue más que “emotivo” o “fuerte”: fue parte de un proceso sanador para quienes compartieron sus experiencias y para quienes estuvieron presentes. Pero también para la Institución. Porque si algo, además del tejido social, de los colectivos y de los individuos salió herido del terrorismo de estado, fueron las instituciones y entre ellas, la universitaria. Por la cantidad de estudiantes, profesores y personal perseguido, reprimido o asesinado a lo largo y ancho de la Argentina. Y por el silencio, el ejercicio de callar impuesto a fuerza de miedo y de censura.

Si bien nuestra Facultad se constituyó como tal en 1995, sus antecedentes se remontan a 1959. Fueron y son personas con nombre y apellido las que durante todas estas décadas construyeron con su tiempo de vida esta institución que forma Profesores Universitarios en Educación: Maestras y Maestros. Durante los años de la última dictadura cívico-militar muchas de las personas que más tarde serían formadoras de formadores, profesoras de esta Casa, fueron perseguidas y silenciadas unas, detenidas y torturadas otras.

Las filiaciones políticas, las creencias y prácticas religiosas, las adscripciones filosóficas, todas eran concebidas por el poder cívico-militar golpista como “potencialmente subversivas”, siempre que no coincidieran con sus ideas y objetivos. Y esta fue una de las muchas riquezas del evento que tuvo por mensaje “Ponete en mis zapatos y caminemos juntos”: la oportunidad de escuchar en primera persona las experiencias de profesoras, mujeres, personas de carne y hueso con diferentes filiaciones, creencias, prácticas y adscripciones y a la vez atravesadas, como el país mismo, por el horror del terrorismo de estado.

“La Facultad se pone en el lugar de la Memoria, la Verdad y la Justicia, y en ese contexto invitamos a Adriana y Norma, porque [el terrorismo de estado] pasó entre nosotros.” La Profesora Cristina Romagnoli introducía de este modo a las invitadas, luego de esbozar el marco histórico, político, social y económico del golpe de 1976 y los procesos que iniciaron con este.

Adriana

Para 1976, Adriana trabajaba en una villa de la ciudad de Mendoza junto al Padre Macuca Llorens y numerosos jóvenes más. Cursaba 5to año de la carrera de Sociología y también estudiaba para ser Maestra. Un día, al volver del cursado, se encontró con una nota que habrían de recibir otros estudiantes argentinos: la expulsaban “por ser causa real o potencial de la subversión”.

La tarde de aquel día, se reunieron con los compañeros en la casa de Liliana. Reunidos, como siempre, pero esta vez expulsados o suspendidos y rodeados literalmente del sonido de los tiros en medio de la oscuridad que se cernía sobre todo un país.  Alcanzaron a salir a tiempo, cuando anochecía. Muchos otros y otras desaparecieron aquella noche y las siguientes durante años.

Adriana comparte sus vivencias en un contrapunto entre el yo y el nosotros. Habla de los años previos al golpe como tiempos de movimiento, de horizontalidad, de construcción, de pensar, de no dar la espalda porque “lo que importa es que nos encontremos, eso es lo que yo aprendí en esa época”, nos dice.

Luego, el golpe. “Yo tenía la fantasía de que me subía a la parte de arriba de mi placard y que allí no me iban a ver, estaba convencida. Una compañera de escuela me decía: ‘yo me escondía detrás de la ligustrina’… esa era la fantasía al no poder imaginar el horror. Cuando se empezaron a saber cosas, comenzó el silencio”.

Nos cuenta que antes del golpe escribía de corrido, que a partir del terror le comenzó a costar la expresión como efecto directo de la represión y la censura. Que hoy, recién jubilada como Profesora de la facultad de Educación, está empezando a recuperar la fluidez perdida. Parte de ese re encuentro con ella misma es estar frente a nosotros contando, hablando y afirmando: “esto no lo quiero para nadie, y hay que construir para que así sea”.

Norma

“Mi obligación es que no perdamos la memoria: las palabras construyen los hechos y los hechos, de alguna manera, van a construir nuestra identidad”. Norma trabajó más de 30 años en la Facultad de Educación y lo que se apresta a contarnos representa, en su propia carne, en sus zapatos, el compromiso de una generación y las banderas que aun es preciso seguir levantando.

“Participábamos activamente, la Universidad bullía en pensamiento, en sentimiento, en lecturas, éramos terriblemente críticos.” Nacida en Rivadavia, Norma partió a los 18 años a La Plata a estudiar Teatro y Letras. Allí, militaba en la unidad básica peronista “Susana Lesgart” y trabajaba en los barrios brindando apoyo escolar. Nos cuenta sobre uno de sus compañeros: Roberto ‘Tatú’ Basile, asesinado de más de 40 tiros por la Triple A el 11 de marzo de 1975. A raíz de ese hecho, Norma regresa a Mendoza. Aquí, en su provincia natal, es secuestrada el 23 de noviembre de 1976.

“Lo que viví no cabe en ninguna mente”. La detención, el D2, las torturas, las vejaciones, las humillaciones. Norma agradece a la vida esa especie de compensación que han sido los Juicios por los delitos de lesa humanidad cometidos durante la dictadura: “Haber ido a declarar significó un esfuerzo interior muy profundo, hasta pensé que no iba a poder hablar”. El proceso de llegar a poner en palabras lo vivido les ha llevado a las víctimas casi toda la vida. Y esto, porque al horror sobrevino el estigma social: la re victimización a la que fueron sometidos los sobrevivientes del terrorismo de estado por parte de una sociedad que no creía.

“Ese golpe truncó vidas, truncó sueños.” Norma recuerda ahora a Yiyo, un adolescente de entre 14 y 16 años que había logrado tener su propia zapatería en la villa donde vivía y se había acercado a la unidad básica. Comenzó a leer y a anhelar estudiar. Le prometió a Norma que se inscribiría en la secundaria. Una noche le dio asilo a unos compañeros en el garaje que alquilaba con lo que ganaba arreglando zapatos. Al día siguiente, cuatro tipos se lo llevaron en un Falcon verde. Nunca apareció. Yiyo no es famoso ni conocido, se pierde en el mar de los números. Pero Norma lo recuerda y al contarlo, lo vuelve parte de una memoria viva.


Gestiones de la memoria

Previo a la charla que brindaron Norma y Adriana, la profesora Cristina Romagnoli compartió un breve recorrido por los hechos más relevantes de la historia argentina desde mediados del siglo XX hasta hoy, a modo de contextualización del golpe militar del ’76 y de los procesos a los que daría origen.

Entre otras categorías y autores, trabajó las políticas de gestión de la memoria que propone Barrera. La autora reconoce cuatro momentos. El primero durante la dictadura, que identifica como la política de “el olvido”, la eliminación de la memoria. Luego, durante la vuelta a la democracia, “la reconciliación”, el complejo periodo que va desde la anulación de la autoamnistía  por  Alfonsín y el procesamiento de las juntas militares a la creación de la CONADEP que entrega su informe bajo la consigna del Nunca Más, y las presiones posteriores: los alzamientos militares de Semana Santa, Caseros y Villa Martelli que desembocaron en las Leyes de Punto final y Obediencia Debida.

Le sigue el momento de “la claudicación del Estado de Derecho”, con el indulto otorgado durante el neoliberalismo de los ’90 y a este, “la reivindicación de la memoria”, durante el kirchnerismo: la introducción en 2006 del 24 de marzo en el calendario general es un símbolo del ejercicio de discusión propio de esos años en torno a la memoria y su recuperación.

Romagnoli agrega que actualmente transitamos políticas que se podrían caracterizar como de “dilución de la memoria”: poner en duda el número de desaparecidos víctimas del terrorismo de estado, la propuesta de volver móvil la fecha de conmemoración del golpe, el plan para la transformación en espacios verdes de aquellos que estaban destinados a concientizar y no olvidar, conforman también un modo de gestionar la memoria, un camino hacia su dilución.

Cada nuevo momento ha significado y significa un renovado desafío para los movimientos sociales y organismos de derechos humanos surgidos durante y después de la última dictadura. Pero también para todos y cada uno de los argentinos. Involucrarnos en la construcción colectiva de una memoria que busque la verdad y la justicia es una responsabilidad individual y requiere de un compromiso consciente.

¿Querés saber más?

Esta nota recoge algunos apuntes de alguien que estuvo allí y por lo tanto pudo escuchar, ver, sentir lo que se compartió. Cuando Adriana y Norma concluyeron, autoridades de la facultad, profesores y egresados presentes también contaron sus experiencias: los rostros que vienen a la memoria y ya no están, las quemas de libros, los temas y autores de los que no se podía hablar, las listas negras, los disparos por las noches, la opresión y silencios vividos en la juventud.

Todos los años desde 2012, el Departamento de Ciencias Sociales de la FED realiza actividades específicas destinadas a la comunidad educativa en conmemoración del 24 de marzo. Esas actividades constituyen un espacio abierto para intercambiar pareceres, aportar ideas, evacuar dudas e inquietudes, saber más sobre nuestro pasado para modificar el presente y construir futuro.

Siempre hay 30.000 desaparecidos y desaparecidas presentes, esperamos contar con vos el próximo año cuando conmemoremos un nuevo 24 de marzo.

Por Eleonora González Porcel